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Durante todas las guerras, incluidas las Guerras de Independencia, las naciones en conflicto otorgaban Patentes de Corso a quienes estuviesen capacitados en experiencia y equipamiento para atacar buques mercantes o de guerra bajo bandera enemiga, los confiscaran junto con su carga, apresaran a sus tripulaciones y pasajeros, y se quedaran con parte del botín como forma de pago. Un corsario, por expresarlo de alguna manera, “robaba para la corona” o para el país que lo contrataba a diferencia del pirata, que también robaba pero para sí mismo y no repartía la torta…



Hypolitte Bouchard, el corso francés devenido en prócer, quien robó todo lo que pudo por la patria.

El 9 de julio de 1817, la fragata La Argentina zarpó desde la ensenada de Barragán al mando del capitán Bouchard para cumplir un crucero de corso que habría de durar dos años.

El 17 de agosto de 1818, La Argentina entró a la bahía de Kealakekúa, en la Isla Grande del Reino Independiente de Hawai. Bouchard se llevó una sorpresa mayor cuando descubrió que en esas mansas aguas estaba anclada la Santa Rosa (rebautizada Chacabuco), otra nave corsaria de las fuerzas revolucionarias cuya tripulación se había amotinado en el norte de Chile, y que luego de innumerables peripecias había terminado con su gente en esas islas del paraíso.

Los tripulantes de la corbeta se habían adaptado rápidamente a la buena vida de la polinesia e incluso habían vendido el buque. Todos, sin excepción, pensaban que la guerra contra España se había perdido y terminado, pero los tripulantes de la Chacabuco no eran hombres de suerte: la casual escala de La Argentina por víveres y agua en su ruta a California, terminó convirtiéndose para todos ellos en una poco feliz vuelta a las armas.



El Rey Kamehameha I y Ka‘ahumanu, su esposa favorita, fueron consumados surfistas.


Para recuperar el barco y capturar a los desertores refugiados en Hawai, Bouchard debió reunirse con su Rey, Kamehameha I.

También conocido como Kamehameha El Grande o El Napoleón de las Islas (1756 – 1819), este guerrero unificó las Islas Hawaianas mediante feroces batallas y para 1810 estableció formalmente el Reino de Hawai.

Estableció lazos de amistad con las principales potencias del Pacífico, preservando así la independencia de su reino, y garantizando la paz y la prosperidad para las generaciones venideras. La figura de Kamehameha se destaca especialmente por su empeño en la defensa de los valores tradicionales hawaianos y del sistema “Kapu” que regía las leyes y la religión. También ha pasado a la historia por su “Mamalahoe” o la “Ley del Remo Rartido”, la primera ley proclamada bajo su reinado, que sigue en vigor en todo el mundo y protege los derechos humanos de los no combatientes en tiempos de guerra.

Durante el encuentro celebrado en el Palacio Real, Bouchard demandó la devolución de la corbeta desertora que Kamhameha había comprado de buena fe. Hubo regateos por la nave y también por la ayuda en la captura de los corsarios convertidos en residentes, pero además se firmó un Acuerdo de Paz y Comercio que lo convertiría en el primer reconocimiento internacional a la independencia de las Provincias Unidas de Río de la Plata.

Con el apoyo del rey hawaiano se emprendió la captura de los desertores dispersos por todas las islas. Tras reaprovisionarlo de víveres y municiones, Kamehameha entregó a Bouchard unos 100 marinos hawaianos expertos y le devolvió a la Chacabuco.
La escuadra corsaria, ahora compuesta por dos naves, partió rumbo a la Alta California, una tierra salpicada de misiones franciscanas, que si bien hoy forma parte de los Estados Unidos de América en aquel entonces era territorio del Imperio Español.

La flota compuesta ahora por franceses, criollos y hawaianos puso proa a California y llegó a su antigua capital, Monterrey, el 22 de julio de 1818. Tras duros combates se logró tomar el fuerte, y la bandera azul y blanca flameó por seis días bajo los cielos californianos. Tras la invasión a Monterrey, las tropas de Bouchard arrasaron con la misión de San Juan Capistrano, Santa Bárbara, y otros poblados españoles. El 25 de enero de 1819, bloqueó el puerto de San Blas y atacó la ciudad mexicana de Acapulco.

En Guatemala destruyó Sonsonate y capturó bergantines españoles. En Nicaragua, tomó Realejo, el principal puerto español en los Mares de Sur, y se apoderó de otros cuatro buques realistas. Bouchard continuó navegando hacia el Sur, hostigando a las posiciones españolas sobre el Pacífico.

Vale la pena mencionar que las tropas de Bouchard tenían expresamente prohibido, bajo pena de muerte, tocar las posesiones de los criollos, de los indios o de la iglesia. Sus objetivos eran exclusivamente la destrucción de las instalaciones militares o posesiones españolas y combatir a los peninsulares que se resistieran. Las naves de Bouchard llegaron el 9 de julio de 1819 al puerto de Valparaíso, justo a tiempo para integrarse a la flota que San Martín preparaba para tomar Lima y liberar Perú.

Pareciera que Bouchard, sin saberlo, tenía alma de surfista: pasó por Hawai, Alta y Baja California, Centro América, Chile y Perú, como lo haría cualquier surfer de nuestros días en la búsqueda de buenas olas.

Cabe preguntarse si alguna vez tuvo la oportunidad de ver en el agua al Rey Kamehameha y a su esposa favorita, Ka‘ahumanu, quienes fueron consumados surfistas. Según el historiador hawaiano John Papa Ii, la pareja real disfrutaba de las olas de Kooka, un point frente a la playa Pua`a, al norte de Kona, "donde un arrecife de coral se extiende hacia el mar desde un cabo de piedras volcánicas”.

Quizás Bouchard no se haya animado a acompañarlos porque según la ley hawaiana surfear en ese lugar tabú, si no eras el rey o un miembro de la familia real, estaba penado estrictamente con la muerte.

Hernán ”Ruso” Azlor



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